
La pandemia está siendo un acelerante para la melancolía. El último billete de ida y vuelta siempre lo compro para el pueblo, uno de esos pocos lugares en Andalucía donde sobreviven camaleones. Quedan más en África, pero los del pueblo parece que se han escapado de un casting de Parque Jurásico. No verás correr a un camaleón. De sangre gorda, pero con varias armas secretas, cual Anacleto. Los ojos, saltones, pueden mirar cada uno a un lado distinto. Uno a Cuenca, otro a Rota. La piel cambia de color. Es un pasada. Cuando te guiña una mancha blanca sobre la cal, ahí está. No es camuflaje, dicen, sino que cambia el reflejo de la luz cuando se estresa. Y la lengua, enorme, más grande que él. Hay que pedir el VAR para ver cómo se zampó la mosca de un latigazo. Pegamento en la punta lleva. La Naturaleza. Me acordé del camaleón del pueblo cuando leí esta semana sobre Lorena Roldán. Del naranja al azul y bien alimentada sin apenas mover músculo. Y quedé prendado de la lengua de Salvador Illa. El candidato será Iceta. Estoy preparado para ser candidato. Fuera, dentro. Y la radio aplaudiendo la argucia. Oh, la estrategia. La mentira como camuflaje para la supervivencia. Reptiles alimentados de insectos. Los camaleones del Congreso.